miércoles, 26 de septiembre de 2007

La negación de lo inevitable

No me sentía capaz. Carecía de sentido explicar a alguien lo que estaba a punto de suceder. Sin embargo, tuve que reprimir las ganas de contarlo. Lo supe mientras escuché el timbre que anunciaba la hora de la salida, las 16:30, y lo recibí sin ningún tipo de escepticismo. Podía parecer absurdo, pero yo supe que era cierto. Al salir del despacho fui cruzándome con todas las personas con las que me cruzaba a diario. Primero me despedí de mis compañeros de departamento. Un escueto “hasta mañana” era siempre suficiente y también bastó en esa ocasión. Después, una despedida similar al encontrarme con las señoras que limpiaban el edificio cuando nosotros lo desalojábamos. Salían del ascensor para comenzar su trabajo a la par que yo terminaba mi jornada laboral. A veces bromeábamos sobre este detalle. Eran simpáticas y siempre me sonreían. Luego, frente a la máquina de fichar, intercambio de cordiales saludos con los empleados que tenían el mismo horario que yo. Nuestro horario era flexible, pero había un grupo al que yo pertenecía, que por diferentes motivos fichábamos siempre a la misma hora, tanto por la mañana a las 7:30 como por la tarde a las 16:30. Guardábamos una pequeña cola que nos permitía saludarnos con algo más de calma, lo cual se traducía en una sonrisa algo más prolongada mientras buscábamos nuestras fichas colocadas ordenadamente en el tarjetero del hall. por último un sencillo “adiós” a Carlos el recepcionista, y una vez en la calle, discretos “hasta mañana” a todas las personas de la empresa a las que a diario solía adelantar mi paso más rápido. Sin embargo esa tarde no tenía prisa por adelantar a nadie. Yo sabía que era inevitable pero mi paso lento se rebelaba al destino oponiendo su resistencia particular.
Al salir del parque empresarial me encontré con otro grupo de empleados, los afortunados que esperaban el autobús de la empresa. Lo constituían un colectivo de no más de 20 personas que habían conseguido conservar los privilegios heredados de lo que fue la empresa en sus orígenes. Sólo ellos tenían derecho a que el autobús de empresa les condujese al trabajo por la mañana, y por la tarde les devolviese a su vida particular. Nos intercambiamos unos cortos saludos y seguí adelante. Sabía que el momento se iba acercando y no podía evitarlo. Sin embargo mis pasos no cejaban en su empeño. Se habían vuelto calmados, incluso pesados en su caminar. Divisé a lo lejos mi Astra de color blanco, aparcado, como siempre, en la acera de la izquierda, junto al enorme tenderete de los “Vehículos de ocasión”.
A pesar de todo, no había tenido que hacer ningún esfuerzo especial para evitar transmitir que conocía de antemano lo que sería evidente en unos minutos. Me había despedido sin problemas. Pero mis pasos no opinaban lo mismo. No querían separarse de mí. Querían permanecer a mi lado. Eran cortos y muy relajados. Me hicieron avanzar por la acera hasta que tuve el Astra frente a mí. Estaba aparcado junto a la acera de la izquierda y debía cruzar la calle para alcanzarlo. Bajé el escalón y anduve menos de un metro. Se detuvieron en seco. No podía suceder. Se negaban a ello. Eran mis cómplices y sabían lo que iba a pasar, pero no fueron capaces de admitirlo. Con la mirada vacía de una estatua de cera, derretida en mitad de la calle, vi como mis pasos, sin detenerse, me dejaban atrás avanzando hacia su propia soledad.

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