Se deshacen las palabras. Alguien las estira y descompone arañándolas con energía. De un extremo a otro, dos bocas intentan desgarrarlas, figurándose que así se desgarra el corazón. Al comienzo sus sílabas se resisten e intentan permanecer unidas pero tarda poco en desaparecer cualquier rastro de su presencia, de la música que sonaba cuando eran pronunciadas, del vuelco que daba el alma cuando las recorrían nuestros ojos. Sólo quedan caracteres flotando en el aire envolviendo el aroma de dolor que perfuma nuestros cuerpos. Ahora son el tedio y la apatía quienes convocan a las frustraciones que conducen al desengaño. Y sin poder impedirlo o queriendo que suceda, -qué importancia tiene ya cuando el horizonte ha desaparecido-, el conjunto se cierne sobre nosotros y oscurece aún más el anochecer.
Las palabras, que volviendo la mirada atrás, se perciben como vínculo remoto, hoy son proyectiles disparados a la velocidad de la luz sobre nuestras pieles quemadas por el sol de la playa de Varkala. Parecen incluso más veloces que la propia mente y atormentan nuestra naturaleza. Nacen del pecho y no piden permiso para mostrar su lado oscuro. El lado oscuro del corazón. Del corazón de las palabras. Aunque quizá las palabras no tengan corazón y lo que dejan entrever entre líneas sea quizá el corazón del pecho del que nacieron. El que fue tuyo y el mío en momentos compartidos de lujuria y también es nuestro ahora en el momento de la autodestrucción.
Palabras que alimentan las fuentes de la esperanza. Palabras que hieren y envenenan la razón.
La luna de Kovalam se asoma redonda al cielo estrellado de Kerala. Parecemos bailarines de kathakali bailando al son de las olas mientras la luna se recrea en nuestra pantomima. Los siglos de larga tradición nos han ubicado en la esfera de la magia. Actores perfectos y primitivos con mensajes explícitos en cada breve gesto de la comisura de los labios, en el volátil movimiento de las articulaciones de los dedos, en el huracán que se desprende del parpadeo de los ojos.
Una manada de dorados elefantes retiran la cortina de humo que nubla nuestra vista. Empañaba la mirada e impedía que nos miráramos a los ojos. Ahora se aprecia el verdadero color del cielo, tan oscuro como el del corazón. Me invitan a acomodarme en una imponente silla que se eleva por encima del horizonte permitiendo valorar su infinita extensión.
La playa siempre devuelve arena nueva. La del fondo de los océanos purificada en su viaje infinito a lomos de la cresta de las olas. Sobre todas las playas, la playa de Varkala.
martes, 8 de mayo de 2007
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1 comentario:
Gracias, MJ, me gustó. Contribuyó a que yo como persona lo sea aún más. Sí, no te asombres. Son mis sensaciones sinceras y desprovistas de cualquier ornamento o matiz hipócrita. Ya paro, me llegó hasta mi fibrita sensible, que se achica como método de protección. Gracias a ti, se ensancha...
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