De repente sonaron las sirenas estrepitosamente. Todos se miraron con expresiones de sorpresa en sus rostros. Alquien dijo: ¿qué es lo que está pasando?, mientras el resto reflejaba en sus ojos la misma pregunta. Transcurrido un instante todos comenzaron a levantarse de sus puestos. Algunos se acercaron inquietos hacia los corredores y otros se asomaron a los cristales de los grandes ventanales, herméticamente cerrados. En esto consistían los edificios inteligentes: cajas negras impenetrables donde resultaba difícil hasta respirar. Se produjo un pequeño revuelo en el hall de cada planta que alcanzó su punto álgido cuando se oyó una voz diciendo: “¡las puertas de la calle se han cerrado automáticamente!”. La multitud se concentró junto a los cristales, intentando ver qué sucedía en la calle. Algo extraño, pensó Arriola, cuando se fijó en que el tráfico se había detenido. Vio algunas personas quietas en la calzada y un buen número de coches paralizados en todos los carriles. Arriola permanecía en su sitio, sentada en su cómoda silla, imaginando estar en lo más elevado de un faro divisando el mar de olas que comenzaba a agitarse desordenadamente a su alrededor. Entonces se puso en pié y giró la cabeza hacia el puesto de Tavares. El se sentaba a su izquierda tras un panel al otro lado del pasillo. Lo encontró vacío. ¿Dónde se habría metido? Supuso que habría salido corriendo hacia las zonas comunes como casi todo el mundo. Todo fuera se había congelado. Parecía un sueño. Sólo había movimiento en el interior del edificio. Hasta las máquinas habían dejado de funcionar. La pantalla de todos los ordenadores se volvió negra y cesaron los ruidos que solían emitir constantemente. También cesó el molesto ruidito que provocaba el sistema de aire acondicionado, y se oyó decir que las líneas telefónicas también habían dejado de funcionar. Por unos instantes le consoló la idea de que quizá estuviera soñando, pero dejó a un lado este pensamiento cuando observó que todo se oscurecía bajo el efecto de una inmensa sombra negra que amenazante, se cernía sobre ellos cubriendo de negrura el horizonte.
La sombra engullía todo lo que encontraba a su paso. Se situó sobre el edificio y éste quedó completamente a oscuras. La falta de luz había conquistado todo. Justo antes de que la calle se oscureciera por completo divisó a Tavares entre un grupo de hombres y mujeres que empujaban una mesa contra los ventanales. Corrió hacia él y cogió su mano con firmeza. Le miró a los ojos y no necesitó explicarle nada más. Tiró de él y él se dejó llevar. Tuvo la sensación de que todo estaba empezando y acabando al mismo tiempo. Tropezaron con gente por el camino. Todos gritaban y algunos golpeaban las puertas y los cristales en un intento desesperado por salir de aquella cárcel. Era un caos absoluto. Se golpearon con fuerza al empujar una puerta y abrirla violentamente con el peso de sus cuerpos. Le besó en la boca apasionadamente. Sus lenguas descaradas se entregaron a la locura de los sentidos sin palabras. Sus dedos intrépidos les obligaron a trasladarse a otras dimensiones, fuera del lugar en que decenas de voces gritaban pidiendo auxilio. Fuera de la desesperada lluvia de sillas que encerrando los deseos de quienes intentaban inútilmente romper los vidrios de los ventanales, se estrellaban una y otra vez contra la realidad. Unos dedos firmes, convencidos. En un acto de entrega mutua, con la serenidad que otorga el conocimiento de que el fin es el comienzo, que la espiral sigue su camino y no hay lugares angulosos, mientras vivían un último instante de placer, el cielo negro se encargó de difuminar sus líneas confundiéndolas con el color negro de la nada.
viernes, 16 de marzo de 2007
La última oportunidad
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