A veces tengo la sensación de que muchas personas que han pasado por mi vida, desde las más cercanas y duraderas hasta otras con las que tuve un trato más corto pero de extrema intensidad, no han existido nunca, de que mi vida siempre ha sido como ahora es. De vez en cuando, el pasado vuelve despacio, sigiloso, se acerca de puntillas y entra sin llamar. No me asusta, sirve para poner las cosas en su sitio. Me recuerda que no es conveniente dejarse llevar, que somos lo bueno y lo malo de nuestros días, meses y años anteriores. Somos el producto de lo vivido, y eso es aconsejable no olvidarlo. Hace ocho o nueve días decidí en un impulso, ojear un pequeño diario que sólo contiene quince o veinte páginas escritas, para comprobar cual ha sido la evolución en mi forma de escribir. Sólo eso. De repente, se abalanzó sobre mí una parte de ese pasado olvidado, ese con el que convivo sin consciencia. Fue asombroso porque apenas me reconocía en aquel ser de cuyo puño y letra surgieron todas aquellas líneas. No tuve más remedio, pues me lo exigía algo que sabía a agridulce en mi interior, que detenerme y tomarme un tiempo que hacía tanto que no me tomaba. De ahí surgió en mi memoria la primera vez que reuní mis mejores poemas, y decidí darles forma de cuadernillo. Ahora reconozco que en su mayoría eran bastante malos, pero en su momento, me veía reflejada en ellos plenamente. Incluso ahora, aunque quizá resulten algo ridículos, reconozco que estaban escritos desde lo más profundo de mí, sin medida, sin prestar atención a su estructura, y sin grandes pretensiones de ser leídos por nadie. Tan sólo expresaban sentimientos, de cuya existencia yo quería dejar constancia por escrito para que no se perdiesen, para que no se olvidasen, supongo que para que a mí no se me olvidasen. En efecto, hoy siguen cumpliendo su misión. En ellos se encuentran las raíces más profundas de lo que hoy se deja ver por encima de la superficie. Y son raíces firmes y seguras. Están bien sujetas y hay mucho tras ellas. Grandes esfuerzos para que enraizasen con solidez, para que cimentase robusta la estructura que se avecinaba. El caso es que repasé ciertos episodios de ese pasado, mi pasado, que parecía que ya no me pertenecían; como si fuese la historia de alguien, relatada por ese alguien que no parecía ser yo. Una sensación extraña pero placentera. Supongo que un simple recreo en la nostalgia. Te recordé a ti, con quien pasé ratos de charla tan agradables cuando compartíamos el mismo aula. Recordé nuestro primer encuentro, cuando si me hubieses dicho “ven”, yo hubiese ido donde hubieses querido, y si hubiese sido yo quien te lo hubiese dicho a ti, creo que también tú me hubieses seguido. Recordé la extraordinaria sensación que experimenté durante toda la vuelta a casa después de ésta, nuestra primera, larga e intensa conversación. Pero ninguno de los dos nunca dijimos ven, aunque durante los más de dos años que nos tratamos posteriormente, nos lo estuvimos diciendo a diario sin palabras. Sólo se tradujo en voz cuando me preguntaste uno de los últimos días que pasamos juntos, mientras subíamos las escaleras de
El otro día, me gustó releer aquellos poemas que te escribía en secreto. Me gustó verme de nuevo en aquel escenario, recuperar aquel dolor. Parece algo masoquista pero no lo es. Me gustó recordar que también aquella soy yo, y que no siempre es bueno el equilibrio; es el origen de la monotonía, la costumbre… de tanta malentendida serenidad. No hay que dejarse llevar por él. Es un engaño su aparente cara de productor y promotor de la felicidad. Que en el fondo, y también en la superficie, es una suerte encontrarse de vez en cuando en los máximos y mínimos de esta curva. Y que la curva la dibuja cada cual a diario, e incluso casi siempre, se es dueña de su forma y se puede modular al propio antojo. Que estos “picos” son de puta madre y me mantienen despierta, con los ojos bien abiertos. Sin ellos iría dibujando, en vez de una gama de colores desde el negro azabache al blanco reluciente, un perezoso y tedioso gris. Que no pasa nada por estar abajo a veces: que de las heridas siempre queda algo, y que ese algo no tiene porqué ser oscuro.
Llevo días pensando en encontrarme contigo. En darme de bruces con tu cara al bajar las escaleras del metro o al dirigirme corriendo hacia la parada del autobús. En imaginarme la expresión de sorpresa de tus preciosos ojos azules al cruzarse nuestras miradas. Quizá la intensidad de mi deseo haga que esto suceda en realidad. Lo creo muy posible. Pero lo más importante no es eso. Lo más importante es que gracias a tantas y tantas líneas escritas que he ido dejando por viejos cuadernos y pequeños blocs de notas, he recuperado hace unos días aquella parte de mí que andaba por ahí escondida, y que me hace estar tan saludable en este momento. También gracias a ellas he recordado lo maravillosamente bien que me he sentido a veces, y he rescatado las ganas de sentirme de nuevo así.
2 comentarios:
Me llamó la atención el hecho de que ante la lectura de un diario el autor no se reconozca. Claro, lo cierto es que como bien dice Aute en una de sus canciones, al mirar un retrato suyo y de la que fue una pareja suya hace tiempo, dice que sólo ve a dos desconocidos.
Somos completamente diferentes a lo que fuimos hace años. Y sin embargo, nos identifica el mismo DNI.
Me llamó la atención el hecho de que ante la lectura de un diario el autor no se reconozca. Claro, lo cierto es que como bien dice Aute en una de sus canciones, al mirar un retrato suyo y de la que fue una pareja suya hace tiempo, dice que sólo ve a dos desconocidos.
Somos completamente diferentes a lo que fuimos hace años. Y sin embargo, nos identifica el mismo DNI.
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