martes, 10 de abril de 2007

Camino sinuoso

Acudo a clase en un lugar parecido a un colegio donde hacemos gimnasia. Olvido las zapatillas de deporte en el coche. También hay algo que H guarda en un cajón de madera de fruta que tiene muchos colores. Es algo misterioso, oculto, uno de sus múltiples secretos.

Cuando llega el momento de hacer gimnasia yo no puedo, y aprovecho para ir al baño, sin que nadie me moleste. Las paredes de los baños son del color del barro. Esto me llama la atención, y algo confundida, me equivoco y entro en el de chicos. Los aseos son un laberinto difícil de escapar. No hay ninguno que me satisfaga.

Termina la clase y estoy fuera. Hace muy mal tiempo. Salgo a la calle, y busco mi coche blanco. Un coche del que sólo sé que es pequeño, pero desconozco marca, modelo, etc. No lo encuentro porque, entre otras cosas soy incapaz de recordar dónde lo he aparcado. Sólo recuerdo el dibujo de un logotipo que sé que está grabado en la parte delantera del vehículo y que me siento incapaz de dibujar en mi cabeza.

J intenta ayudarme a encontrarlo, pero como no lo conseguimos, me deja allí sola de nuevo dando vueltas. Estoy en Alcorcón o San José de Valderas, pero no sé exactamente en qué zona. Anochece y el coche no aparece. De repente J está de nuevo junto a mí y se para delante de un coche blanco que tiene las luces del salpicadero encendidas. Nos damos cuenta de que es mi coche. Lo abro desde la puerta del copiloto y J ya no está.

Entonces comienzo a moverme en un vehículo, que en realidad es una moto. No se encienden las luces así que no veo nada. El camino es muy oscuro. Tomo una curva que finalmente se convierte en una espiral que nunca acaba. Tengo la sensación de ir alejándome y sumergiéndome en la oscuridad, y tengo miedo a chocarme con otros vehículos. Consigo introducirme en un laberinto de pasillos que me recuerdan a la fortaleza marroquí de la ciudad de Meknes, y en ese momento en vez de ir en moto, conduzco un perro agarrándole por las orejas como en “La historia interminable”. Las orejas se transforman posteriormente en una correa, pero el perro sigue siendo un perro y su boca es gigante. No tengo un bozal para mantener su boca cerrada y temo que al pasar por estas calles llenas de gente disfrutando de una de repente idílica tarde de domingo, pueda tener un problema con el animal.

Según avanzo despacio sorteando a la multitud, el camino se desvanece y yo me introduzco paulatinamente, en lo que aún confundida, me pregunto en el sueño si es la realidad.

(Sueño 21 de marzo de 2007)


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